Los recientes brotes de sarampión y de coqueluche en la Argentina reflejan una caída gradual de las coberturas de vacunación para estas enfermedades. Como consecuencia, se han producido numerosos casos, incluyendo algunos mortales, de infecciones completamente prevenibles con las vacunas disponibles en forma gratuita en todo el país.
La pandemia de COVID-19 puso en primera plana el tema de las vacunas, como instrumento fundamental para reducir la cantidad y gravedad de las infecciones por este virus. Una vez que estuvieron disponibles, se planteó la inmunización masiva de los adultos, que fue ampliamente adoptada en un principio. Sin embargo, ya transcurridos cinco años desde las primeras aplicaciones, ha caído sustancialmente la demanda de las dosis de refuerzo recomendadas.
Observamos entonces la paradoja, ya señalada desde hace años, que caracteriza a las vacunas como “víctimas de su propio éxito”. Es decir, en la medida en que los casos de una enfermedad se reducen ampliamente o desaparecen gracias a la inmunización masiva de la población, se pierde la memoria colectiva del sufrimiento y de las complicaciones que esta enfermedad ocasionaba. Al perderse de vista los beneficios alcanzados por la vacuna, pasa a relativizarse su necesidad y a relajarse el cumplimiento de los calendarios obligatorios.
Si bien la mayor parte de las vacunas están destinadas a los niños, niñas y adolescentes, es importante señalar que los adultos de todas las edades -y especialmente los mayores de 65 años- también se benefician ampliamente de estar al día con las inmunizaciones. Aquí haremos un rápido repaso de las recomendaciones que se aplican a partir de los 18 años.
- Antitetánica (y antidiftérica): la protección contra el tétanos se completa con las primeras tres dosis de vacuna recibidas en la primera infancia. Para mantenerla durante toda la vida, es necesario aplicar un refuerzo cada 10 años, que se administra junto con una nueva dosis de la vacuna antidiftérica como “vacuna doble bacteriana” o dTa.
- Antigripal: las infecciones respiratorias virales son una causa importante de morbilidad en todas las edades. Si bien se autolimitan en la mayoría de los casos, pueden aparecer complicaciones como la neumonía viral o el agregado de una infección bacteriana, especialmente en los extremos de la vida o en presencia de comorbilidades. Por este motivo se recomienda la vacunación antigripal anual a los niños de 6 a 24 meses, a las embarazadas y a los mayores de 65 años. También a todos los adultos con diagnóstico de obesidad, diabetes, enfermedad respiratoria o cardíaca crónica, inmunodeficiencias congénitas o adquiridas, enfermedad oncohematológica, trasplante de órgano sólido o de médula ósea, o insuficiencia renal crónica en diálisis.
- Vacuna antineumocócica conjugada: el neumococo es responsable de neumonías, meningitis y septicemias, especialmente en los extremos de la vida. La bacteria tiene muchas variantes o “serotipos” diferentes, y las vacunas que se han ido utilizando en los últimos años cubrían un abanico creciente de alternativas. Actualmente se utiliza en los adultos una vacuna contra 20 serotipos (llamada “VCN20”), que solo requiere una única dosis a partir de los 65 años. También se recomienda su aplicación a las personas con alguna de las comorbilidades descritas para la vacuna antigripal.
- Vacunas “triple viral” y “doble viral”: el calendario obligatorio indica dos dosis de estas vacunas luego del primer año de vida, sin necesidad de refuerzos posteriores. Sin embargo, es necesario asegurarse que todos los adultos han recibido al menos dos dosis de estas vacunas en su vida, especialmente por el riesgo de contagiarse de sarampión a cualquier edad. Por este motivo, para todos los nacidos desde 1965 que no tengan constancia de haber recibido las dosis requeridas se recomienda la aplicación de dos dosis, separadas por al menos 4 semanas.
- Las “vacunas regionales”: fiebre amarilla y fiebre hemorrágica argentina. Estas dos enfermedades virales tienen una distribución geográfica limitada dentro del país, por lo que la vacunación se define según el lugar de residencia. La vacuna para fiebre amarilla se indica a las personas de 2 a 59 años residentes en Misiones, Corrientes, Formosa, partes de Salta, Jujuy, Chaco, y también a viajeros a las zonas donde la enfermedad es endémica. Si la dosis se recibió antes de los 2 años de edad, debe administrarse un refuerzo posterior.
En cuanto a la fiebre hemorrágica argentina, o “mal de los rastrojos”, causada por el virus Junín, la distribución de la enfermedad abarca la región pampeana de las provincias de Santa Fe, Córdoba, Buenos Aires y La Pampa; los trabajadores rurales están especialmente expuestos al contagio. Una única dosis de vacuna a partir de los 15 años es suficiente para lograr la protección.
- Vacunas en el embarazo: la inmunización en esta etapa tiene un doble beneficio, ya que no solo refuerza las defensas de la madre frente a las respectivas enfermedades, sino que permite que los anticuerpos se transmitan a través de la placenta y brinden protección al recién nacido durante sus primeros meses de vida. Las recomendaciones abarcan a la vacuna antigripal, la triple bacteriana acelular (que además de tétanos y difteria protege contra la coqueluche) y, como agregado reciente, la vacuna contra el virus sincicial respiratorio (VSR).
- Inmunizaciones para el personal de salud: las personas que trabajan en la atención de la salud tienen recomendaciones adicionales de vacunación, tanto porque pueden verse expuestas con mayor frecuencia a enfermedades contagiosas como porque al enfermar pueden contagiar a pacientes inmunodeprimidos o frágiles. Se indica la vacunación antigripal anual, la puesta al día con la doble o triple viral y la vacuna triple bacteriana acelular para quienes asisten a menores de 1 año, con refuerzos cada 5 años.
- ¿Y la vacuna de COVID? La pandemia de COVID-19 fue una experiencia inédita de desarrollo de vacunas en paralelo a la extensión mundial de la enfermedad. Los beneficios y riesgos de las diferentes alternativas encontradas se fueron delimitando mejor con el uso. Actualmente se administra en el país una de las vacunas de ARN mensajero como refuerzo de la vacunación inicial, en forma independiente de cuáles fueron las vacunas recibidas inicialmente. La recomendación es un refuerzo anual para los mayores de 65 años y una dosis cada 6 meses para las personas de 12 a 64 años de edad con factores de riesgo y/o inmunocompromiso. También se aconseja el refuerzo anual para el personal de salud y una dosis en cualquier trimestre del embarazo.
En definitiva, tener actualizadas las vacunas nos ofrece el máximo de protección frente a estas enfermedades y además extiende la protección a toda la comunidad, ya que de este modo se interrumpe la circulación comunitaria de los gérmenes.





